Introducción.

La muerte, inquieta y negra, esperaba en un rincón de aquella habitación oscura y siniestra. Todos los presentes la notaban, sabían que estaba esperando, estaba decidida a llevárselo.

De fondo, seco y constante, se oía un ruido. Más concretamente una serie de pitidos agudos. Pitidos que señalaba la vida de una persona.

Una gota de sudor salado rodeó su cara, perfecta y pálida. Sus ojos azules y claros estaban clavados en el chico moreno de pelo y piel y bastante menudo que estaba tumbado en la camilla, entre la vida y la muerte.

Estaba muy nerviosa. El paciente estaba muy mal, apenas tenía pulso y sentía como se le iba de las manos aquella situación.

Cogió un bisturí con las manos temblorosas, dispuesta a hacer su trabajo, pero una multitud de pitidos la alertaron. Ese sonido que tanto odiaba la avisaba de que una vida se le escapaba de las manos.

Las personas que la rodeaba estaban nerviosas. Todos sabían que era casi imposible que pudieran reanimarlo, estaba en muy mal estado, pero también sabían que ella no se conformaría así, sin intentarlo tantas veces como fuera posible y más aún.

Cogió un animador cardíaco e intentó que su pulso volviera a la normalidad o al menos que volviera, quizás incluso demasiadas veces, pero no ocurrió.

La muerte había salido de su escondite, sigilosamente y los había pillado por sorpresa sin ninguna posibilidad. Contenta y satisfecha e igual de silenciosa que había llegado, volvió a esconderse entre las sombras.

El dolor que la recorría, pensaba ella, no podía describirse con palabras. Un dolor punzante e insistente en el pecho de intensidad muy fuerte, por lo que acababa de ocurrir, y otros dolores corporales debido estar casi dos horas luchando cara a cara contra la muerte, luchando por la vida de aquel muchacho que tenía un cáncer en el estómago muy desarrollado.

“Me busca a mi. Quiere que sea yo quien muera”, pensaba con lágrimas en los ojos. Y no se equivocaba. La muerte la acechaba de cerca, de muy cerca, y ya le había echado un ojo.

Desde que murió su padre en un accidente de tráfico unos meses atrás, la veía. Veía a la muerte observarla, que iba a por ella.

Su madre había muerto en el parto, cosa que también se echaba a ella, a su propia existencia, aunque estaba enferma y sabían que corría riesgo de morir, pero era demasiado tarde para abortar.

Y ese día, esa tarde calurosa de agosto en la que el único paciente que había muerto en sus manos dejó de vivir, decidió dejarlo todo atrás.

Se había dicho así misma que no volvería a amar. Todo lo que amaba, acababa muriendo. Ella no iba a permitir que nadie más muriera por su culpa, dejaría de luchar antes de ver de nuevo a alguien amado morir.

También sabía, que si la muerte la quería, acabaría tarde o temprano con ella, y no iba a llevarse a nadie por delante.

Salió del quirófano dejando el sonido de un portazo, envuelto en otros como los pitidos y los enfermeros hablando nerviosos detrás de si. Sentía el calor sofocante y le palpitaba el corazón muy deprisa, y todo a causa de ese paciente que acababa de fallecer en sus manos.

Aunque este estaba moribundo y las posibilidades de que sobreviviera a aquella operación eran muy bajas, ella se echaba la culpa, como solía hacer siempre.

Solo quería asustarla, eso es lo que ella quería hacerse creer. “Solo quiere que vea lo que me va a ocurrir, y no dejará de matar a toda la gente que quiero”, pensó con ira en la mirada.

Se sentó en un sillón azul de la sala de espera. Un hombre mayor, canoso, de piel arrugada y la que parecía su mujer de rasgos similares la miraban extrañados. 
Él vio en sus ojos la tristeza y la amargura que la azotaban por dentro.

-Señorita, ¿le ocurre algo? ¿Está bien?

Ella lo miró a los ojos, unos ojos marrones viejos y desgastados a causa de la edad. Sacudió la cabeza para evitar que las lágrimas surcaran su rostro.

-No es nada. Estoy bien, gracias.

El señor le sonrió tiernamente, casi de forma paternal. Eso es lo que hizo que se pusiera más nerviosa de lo que ya estaba.

Se levantó con agilidad e impaciencia y salió de allí en muy poco, dejando al anciano con una expresión preocupada pero serena.

Salió del hospital, acalorada y asustada, muy asustada. Vio coches en la carretera, demasiados, y se sentó en la acera para poder despejar la mente.

-Si me quieres- empezó con un susurro-, no voy a hacerte esperar más.

Se levantó con mucha pesadez. Echó a andar hacía la carretera y cuando vio el momento adecuado en el cual un coche estaba a punto de pasar y no podría frenar, decidió tirarse.

Antes de abalanzarse sobre el coche, pidió perdón a su padre y a su madre, e incluso a ese muchacho que acababa de morir en quirófano por haberles echo ese daño que nadie ya podía cambiar.

En dos grandes pero firmes zancadas se puso en medio de la carretera.

Se oyeron gritos, pero ella no se echó atrás, solo se encogió para no sentir demasiado dolor cuando el coche la aplastará y le machacara los huesos.

El coche, amarillo y bastante bonito para su gusto, intentó frenar pero no pudo hacerlo.

“Lo siento, de verdad”, fue lo último que pensó, mientras una lágrima le recorría el rostro, y antes de dejar la mente en blanco para poder morir en paz.

-¡Cuidado!- gritaron a su espalda.

Antes de poder ver quien era, se abalanzó hacia ella y la apartó de la carretera, salvándola del coche, que se paró en seco y se puso en medio de la carretera también, haciendo que todos los demás coches lo imitaran.

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