-Es
precioso- dijo con lágrimas en los ojos.
-Pensé
que te gustaría- contestó él.
-Pues
has acertado- terminó ella mientras lo miraba a los ojos y
seguidamente lo besaba.
Empezaba
a refrescar. En aquella parte de Central Park no se veía un alma. No
había luces que impidieran ver las estrellas y los dos estaban
abrazados.
Bajo
sus brazos, Amy empezó a tiritar. Hacía un poco de frío y ella no
iba con la ropa apropiada para combatirlo.
-¿Tienes
frío?- le preguntó preocupado.
-Un
poco, no te preocupes- dijo ella mientras se acercaba más a él.
Mike
se giró y cogió algo de su mochila.
-Menos
mal que venía preparado- le sonrió.
Cogió
la manta, la estirazó y se la echo encima a Amy.
-Esto
es perfecto.- Tras un segundo dudando decidió sincerarse.- Mi padre
y yo solíamos contemplar las estrellas cada noche. Cerca de nuestra
casa había un lugar...
No
pudo continuar, tragó saliva y se aguantó lágrimas. Aquellos
recuerdos eran demasiado dolorosos.
-No
tienes que hacerlo. Hay tiempo- la animó mientras la abrazaba con
más fuerza.
-Necesito
hacerlo.- Paró un segundo.- Cerca de nuestra casa había un lugar
perfecto para divisar las estrellas. Mi padre sabía mucho de eso, me
enseño muchísimo.
Se
oía la melancolía en su voz, no podía evitarlo.
-Lo
querías mucho, ¿no?
-Muchísimo-
no pudo aguantar las lágrimas, una de ellas se deslizó por su
mejilla al recordar a su padre, aquel hombre de ojos azules y pelo
claro, bonachón y un poco regordete por la edad que la crió lo
mejor que había podido.
-¿Dónde
vivíais?- preguntó Mike a su novia.
-Al
norte de Nueva York- una sonrisa fugaz se escapó de sus labios.
-¿Y
cuando te mudaste aquí?- se le veía interesado por su vida, su
pasado, todo lo referente a ella.
-Cuando
tenía dieciocho años me fui de casa- empezó ella-, me había
enfadado con mi padre por culpa de un novio que tuve, Marcus, y me
convenció de que me fuera con él. Nos vinimos aquí, empecé a
estudiar la carrera de medicina, pero todo no fue tan bien como yo
pensaba que iba a ser.
Mike
la miró asombrado. No sabía nada de la vida de Amy y cuanto más
sabía, más lo asombraba.
-Cuando
me vine- prosiguió- pensaba que todo sería maravilloso; Marcus y yo
viviendo juntos, yo estudiando lo que siempre quise... pero me
faltaba mi padre.
-¿Y
qué hiciste?- le animó Mike a seguir.
-Quise
volver- otra lágrima rozó su mejilla- pero no pude. Marcus no
quería que me fuera, me amenazó, me dijo que no sería feliz si no
era con él.
La
cara de asombro de Mike la ayudó a seguir. Necesitaba contárselo,
ser sincera con él.
-Un
día le pedí que fuéramos a ver a mi padre y se puso como un loco.
Empezó a gritar y a romper cosas, el apartamento quedó destrozado y
a mi... a mi me pegó.- Lo miró a los ojos mientras otra de sus
lágrimas bajaba por su cara.
-¿Te...
te pegó?- tartamudeó.
-Sí.
Su
mirada se vio cegada por la ira que recorría todo su ser.
-¿Sabes
dónde vive?- preguntó mirando al frente.
Ella
calló mientras observaba sus manos inquietas.
-¿Sabes
dónde vive?- repitió.
-No
te lo he dicho para que vallas a por él y le pidas explicaciones-
intentó calmarlo pero no podía, estaba demasiado alterado.
-No
debió hacer eso, ¿cómo pudo?
-No
lo sé pero no merece la pena, ¿vale?- le acarició y luego lo
besó.- Ya eso
pasó y ahora estamos bien tú y yo aquí observando
las estrellas.
Un
silencio incómodo los inundó por completo hasta que Amy se giró y
lo miró a los ojos.
-¿Mike?
Este
que estaba mirando al frente movió la cabeza y la miró. Al ver las
lágrimas en sus ojos supo que no quería que se metiera en eso.
-Te
quiero- dijo él.
-Yo
más.
~
# ~
-Una
tostada por favor- pidió amablemente.
La
señora se encaminó a la cocina y al poco volvió con la tostada en
las manos.
-¿Quieres
mantequilla?- preguntó la camarera.
-Por
favor.
La
camarera sonriente le pasó la mantequilla y le deseó buenos días
mientras que él ya empezaba a untar su tostada.
-¿Perdona?-
escuchó a sus espaldas un segundo después.- ¿Eres Nico?
-Sí-
dijo extrañado y dejando su tostada bañada en mantequilla sobre el
plato.-
¿Y tú eres...?
Aquella
chica morena, de ojos pardos y de estatura media sonrió.
-Soy
Carol- le tendió la mano para estrechársela.- Encantada.
Nico
se quedó boquiabierto. ¿De qué lo conocía esa tal Carol? Él no
la había visto en su vida.
-¿Nos
conocemos?
Carol
sonrió mientras miraba al suelo. A Nico no le parecía una buena
señal, pero esperó a que ella se decidiera a hablar.
-Ahora
sí. ¿Puedo acompañarte?- dijo señalando a la silla que había al
su lado.
-Por
supuesto- dijo él antes de llevarse la tostada de nuevo a la boca y
darle un gran mordisco.
-Camarera,
un café con leche, por favor- pidió Carol.- Y bueno, ¿no me vas a
preguntar por qué estoy aquí?
La
camarera llevó su café y le cobró. Carol se limitó a remover el
café y sorberlo.
-¿Por
qué estás aquí?- preguntó Nico después de terminarse la
deliciosa tostada.
-Porque
creo qué tú y yo tenemos algo en común- lo miró recelosa mientras
bebía el último sorbo de su café.
-¿Y
qué es ese “algo”?
-Que
ni tú ni yo queremos que Mike y Amy estén juntos, ¿no?- dijo Carol remarcando cada palabra y dejando a Nico sin aliento.