Cogió
sus cosas y salió a correr hacia la ambulancia. Cuando subió, se
sentó en el asiento del copiloto, estaba nerviosa.
Una
llamada a las ocho de la tarde de una mujer que decía que un amigo
suyo se moría no era común. Tenían que llegar cuanto antes a la
dirección que le había dado.
La
ambulancia iba a toda velocidad con la sirena advirtiendo de que
tenían prisa. El conductor, un muchacho de unos veintidós años
como mucho, de pelo castaño y ojos oscuros, piso el acelerador a
fondo.
Cuando
la luz de la sirena le dio en los ojos de lleno, sintió que el
corazón le daba un vuelco. ¿Habría sido buena idea ir ella o
hubiera sido mejor que fuera otro médico quien atendiera la
urgencia?
No
le dio tiempo a pensar nada, la ambulancia freno en seco delante de
una casa, la casa que andaban buscando. Era espectacular, enorme y
muy bonita.
Salió
a toda prisa de el vehículo, cogió sus cosas y se dirigió a la
puerta de la magnífica casa. Como era de esperar estaba cerrada así
que decidió que sus compañeros serían más útiles que ella en ese
momento.
-Ayudadme
a abrirla, no puedo.- No podía creer que estuviera tan nerviosa.
Había tenido muchos momentos en que se debatía entre la vida y la
muerte con un paciente y sin embargo era diferente.
Un
par de enfermeros bastante fuertes abrieron la puerta a patadas ya
que no había otra forma de hacerlo.
Al
ver el pasillo se quedó helada. Unas escaleras subían a un segundo
piso que si parecía ser la casa.
Subió
las escaleras de dos en dos y de tres en tres, acabando agotada al
llegar arriba. Los enfermeros iban detrás de ella pero no tan
rápido.
Subió
el último escalón y un escalofrío le recorrió la espalda bajando
hasta la cintura. Un hombre estaba tirado en el suelo marrón
respirando entrecortadamente pero también muy débil, como la de una
persona que está a punto de irse, de morir. Se sintió impotente
ante semejante situación.
Saltó
hasta aquel hombre y entonces le vio la cara y se estremeció aun
más. Era él, Mike Stalh. Ese que le había salvado la vida tan solo
unas horas antes.
-Daos
prisa, está en plena crisis. Debemos llevarlo al hospital cuanto
antes.
Entre
los enfermeros lo transportaron hasta la ambulancia mientras Amy le
medicaba aerosoles y otros medicamentos.
-Saldrás
de esta, Mike- le susurró cariñosamente al oído mientras se
sacudía las manos feliz de haber echo bien su trabajo.- Ya estamos
en paz.
~
# ~
Despertó
en un lugar que conocía muy bien, por desgracia. Ese lugar estaba
lleno de malos, muy malos recuerdos.
La
sábana blanca le cubría las piernas y una bata del mismo color le
cubría el cuerpo. Dos pequeños tubos recorrían desde su muñeca
hasta una bolsa de suero que colgaba de un especie de perchero
metálico y desde su nariz hasta una botella de oxígeno.
Inquieto
pero alerta observaba lo que lo rodeaba, muy atentamente y con los
ojos muy abiertos. Sí, estaba en el hospital, eso era seguro. El
olor a medicina, el blanco abundante donde quiera que miraba, el
orden, todo.
Recordó
ese día, minuto a minuto, segundo a segundo lo que había ocurrido.
Ese día que le cambió la vida para siempre.
La
puerta chirrió, alertándolo más de lo que ya estaba. Miró a la
puerta como un águila mira a su presa desde lo alto del cielo azul,
pero cuando la vio entrar, sus músculos antes tensos se relajaron y
su mirada se vio dulce y serena.
Llevaba
su larga cabellera rubia recogida en una cola alta, los ojos azules
pintados de un marrón claro que le resaltaba y con un poco de rímel
y los labios de rosa claro. Vestía un pantalón vaquero corto y una
camiseta de rayas azules que se cubrían con la bata de médico.
-Vida
por vida, estamos en paz.- Hizo un esfuerzo en sonreír cuando
terminó,
pero se puso serio cuando vio que se iba.
-Amy,
espera.- Ella se dio la vuelta para mirarle a los ojos.- No te
vallas, por favor.
-No
eres mi único paciente, ¿sabes?- dijo con sorna.
-Por
favor, este lugar me trae muy malos recuerdos y no quiero
recordarlos.
Al
ver que hablaba en serio, cerró la puerta y se acercó a él. Se
dejó caer en la camilla de espaldas a la puerta.
-Y,
¿de qué quieres hablar?
-De
lo que ocurrió el otro día, por ejemplo. Me gustaría saber que te
pasó por la cabeza para tirarte a la carretera.
Amy
se tensó y se puso seria. No, no quería hablar de eso. Había
intentado ser amable para no sacar el tema, pero por muy amable que
fuera siempre saldría.
-Preferiría
no hablar de eso, si es posible. ¿Por qué no hablamos de lo que ta
pasó, mejor?
Agachó
la cabeza. No quería estar solo y ella le parecía una compañía
muy agradable pero no podía hablar de ella.
En
su mente apareció su imagen: sus ojos negros, su pelo castaño, su nariz pequeña y sus labios rosados.
-Amy,
tienes que atender a otro paciente. ¿Has terminado?
Una
enfermera alta de pelo oscuro y ojos también oscuros entró en la
habitación.
Mike
dejó de pensar en aquella mujer que tanto daño le había hecho y
puso toda su atención en Amy.
-Sí,
ya he terminado Anne.
Se
levantó de la camilla con una agilidad de lince y se acercó a la
puerta donde la esperaba aquella enfermera. Se giró antes de salir y
le dedicó una de sus arrebatadoras sonrisas, una sonrisa que nunca
había visto antes en ella.
-Luego
me pasaré a ver como sigues.
-No
tardes mucho- bromeó.
Salió
sin decir nada más, dejando detrás de ella un suspiro de Mike.
Andó
por el amplio pasillo que parecía no tener fin. Cuando vio la puerta
blanca se paró en seco mientras la enfermera le señalaba hacia
donde debía dirigirse.
-¿Conocías
a ese chico de antes?- le preguntó mientras abría la puerta y
entraba.
-Sí.-
Entró también ella y cerró la puerta con cuidado.- ¿Qué hacemos
aquí?
Estaban
en la habitación de un hombre mayor y otro de unos treinta años. El
más anciano por una rodilla y el más joven por una operación de
columna.
-Vamos
a curarle los puntos a este señor y no me cambies de tema.- Se
acercó a el muchacho y la miró con las cejas fruncidas.
-No
cambio de tema, solo pregunto lo que tenemos que hacer.- Su voz sonó
amarga y se puso seria de repente, cosa que alertó a Anne.
-Si
no quieres hablar, respeto tu decisión, pero aquí estoy si
necesitas hablar de algo.
Asintió
con la cabeza y empezó a curar a aquel hombre. Tenía el pelo
desaliñado pero con un toque elegante, los ojos marrones y grandes,
y una sonrisa muy bonita.
-Buenos
días. ¿Cómo van esos puntos?- Anne y aquel hombre se pusieron a
hablar, pero Amy no los escuchaba.
-Esto
ya está- dijo mientras se levantaba.
Salió
de la habitación lo más rápido que pudo y se dirigió a la puerta
que daba a la calle.
-¿A
donde vas?- le preguntó alguien a la espalda.
-Me
encuentro mal, me voy a casa a descansar.
-Pero…
No
lo oía ya, había cogido un taxi que pasaba por allí y ya
desaparecía entre la multitud de coches que había en la calle.
-¿A
donde la llevo, señorita?- le preguntó el conductor muy amable.
-A
mi casa- dijo ella muy seria mirando a la carretera mientras el
conductor sonreía.
~
# ~
-Señor
Stalh, usted es asmático, por eso al ponerse nervioso le ha dado
este ataque, sin más.- La médica era alta y morena, tenía los ojos
marrones y la piel pálida.
-Sí,
señorita, lo sé.- No le estaba prestando atención, solo quería
saber de Amy, por que no lo atendía ella.- Perdona, ¿sabe algo
sobre Amy Lauther? Me atendió ella esta mañana.
-Sí,
se ha ido a casa, no se encontraba bien.
Al
ver el pánico en sus ojos verdes, se dio cuenta de que algo no iba
bien.
Parecía como si ya la conociera y se preocupara por ella.
-¿Ya
la conocía?- preguntó la médica intrigada.
Sus
ojos se encontraron. Mike se puso nervioso, no sabía que responder.
¿Y si no sabían lo que había ocurrido un día antes y tampoco
quería que lo supieran? Se encontraba en un verdadero apuro, y no
sabía como podría salir de él.
~
# ~
Y
allí estaba, como cada día, sentada en su sofá blanco, observando
el papel arrugado que tenía entre las manos.
Lo
miró fijamente mientras lo leía; venas, electricidad, puñalada en
el corazón, ahorco, disparo, veneno, gas. No se le ocurría nada más
y eso la inquietaba.
Siempre
había sabido como quitarse la vida, pero ahora no se le ocurría
nada mejor que esas diez palabras que estaban escritas en su papel a
cuadros arrugado.
“Las
mejores formas de suicidarse, sí señor” pensó, “después de
todo, no están tan mal”, pero una sensación extraña le sacudió
el pecho cuando recordó a Mike.
“¡Que
no, joder! ¡Deja de pensar en él! No te traerá nada bueno
encariñarte con él” se repetía una y otra vez, pero no podía,
no podía dejar de pensar en ese chico, y la idea de sentir algo por
él la asustaba.
Interrumpiendo
sus pensamientos sonó el timbre varias veces. Por muy absurdo que
pareciera, tenía la esperanza de que fuera Mike.
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