La
muerte era muy caprichosa con ella, y con todo el mundo, pero
especialmente con ella. Cuando por fin podía tenerla con la
facilidad de una hoja al caer de un árbol en otoño, cuando ella iba
a dejar de luchar, le mandó a ese chico más o menos de su edad que
la había “salvado” de morir atropellada.
-¿Estás
bien?- le preguntó. Sus manos grandes pero suaves le agarraron los
hombros. Sus ojos verdes la miraban, y su pelo resuelto y castaño
claro goteaban de sudor frío. -¿Me escuchas?
-Sí,
estoy bien.- También se fijó en la forma de su cara, ovalada y de
rasgos finos, además de guapo.
-¡Te
has tirado a la carretera! Gracias a dios que me encontraba corriendo
por aquí. ¿En qué pensabas?
-En
morir decentemente- dijo sincera. Estaba como en trance, tenía la
mirada perdida y hablaba muy lento y bajo.
-¿¡Estás
loca!?- La gente empezaba a rodearlos mientras él hablaba. -Salgamos
de aquí antes de que todos empiecen a preguntar. ¿Quieres tomarte
algo?
No
esperó a que contestara. Ella, aun en trance, siguió sus pasos
cogida de su mano. La sentía cálida, y por un momento tuvo la
sensación de que la muerte se asomaba de entre las sombras y le
hacía burlas.
~
# ~
La
cafetería era pequeña pero acogedora, el típico Starbucks que hay
en cada calle de Nueva York. Tres únicos camareros atendían las
mesas dentro y fuera del local.
Ellos
se sentaron dentro, donde el aire acondicionado estaba muy fuerte,
tan fuerte, que a ella le agrietaba los labios.
-Bueno,
¿cómo te llamas? Es lo primero que se pregunta, ¿no?
-Soy
Amy, Amy Lauther. Gracias por salvarme la vida.- Se recogió el pelo
rubio que tenía en la cara detrás de la oreja.
-Yo
soy Michael, Michael Stalh, pero me llaman Mike. Tranquila, eso no es
importante.- Le sonrió tiernamente, intentando que se alegrara un
poco.
-Encantada.
Para mi sí es importante, maldita sea.- Se llevó las manos a la
cara, temblando de miedo y furia a la vez.
-Amy,
¿qué te ocurre? Estás temblando.- Se puso tenso, pero después
acercó su mano a la de ella.
-¡Estoy
bien!- Se apartó de su caricia y se levantó dispuesta a marcharse
de allí cuanto antes.
-No,
no te vayas. Tomemos algo.
Se
sentó temblando aún, cuando, uno de los tres camareros, rubio, de
uno setenta aproximadamente y poco menor que ella les atendió con un
gracioso acento.
-¿Qué
desean los señores?
-Yo
quiero un café con leche, por favor - dijo con educación Mike. La
miró dando paso a su petición.
-Uno
solo.
El
camarero se fue sonriente y desapareció por la puerta de servicio.
-¿Estás
más tranquila?- Al ver que asentía, siguió hablando.- ¿En qué
trabajas?
-Soy
médico. Trabajo en el hospital de en frente.
-¡Qué
interesante! Y, ¿por qué te has arrojado a la carretera, sin más?-
soltó de forma brusca.
Sus
miradas se encontraron. Mike, al ver sus ojos azules e hinchados a
causa de las lágrimas se inquietó.
El
camarero apareció de nuevo con los dos cafés, cosa que Amy
agradeció por tener más tiempo para pensar una respuesta adecuada a
esa dolorosa pregunta.
En
cambio, Mike estaba sorprendido por aquella muchacha que se había
tirado a la carretera momentos antes. Le resultaba, además, muy
bella. Tenía el pelo largo y rubio, los ojos de un azul cielo
precioso y sus rasgos eran perfectos.
Al
ver que la miraba, Amy bajó la cabeza. Sí, era muy guapo, y le
había salvado la vida, pero no podía encariñarse con nadie.
Necesitaba buscar la forma en que la única que sufriera fuera ella y
solo ella. Eso es en lo único que podía pensar.
-¿Cuántos
años tienes? Pareces joven para ser médico.- La miró y vio pánico
en sus ojos azules.
-Tengo
veintiséis. Terminé la carrera hace dos años, y al poco tiempo
empecé a trabajar.- Se le notaba que tenía ganas de salir de allí
cuanto antes.
-Yo
tengo veintisiete. Trabajo en un observatorio, es decir, me dedico a
mirar las estrellas.
A
pesar de todo lo que sentía en su mente y en su cuerpo, de la mezcla
de sensaciones, eso le llamó la atención.
Cuando
era pequeña, solía quedarse en medio del campo observando las
estrellas con su padre. Desde su casa se veían bien, pero preferían
irse a otro sitio, un poco más alejado, con menos luces. Un sitio
que se convirtió con el paso del tiempo en su sitio. Allí eran
felices.
También
su padre le enseñaba las estrellas y las constelaciones. Lo más
importante: la osa mayor, la osa menor, la estrella polar…
Un
dolor le pellizcó el estómago, lo que la advertía que tenía que
salir de allí, un dolor que era más psicológico que corporal.
-Me
voy- dijo levantándose rápidamente de la silla. Cogió su bolso y
salió del local apresuradamente.
Aun
hacía mucho calor, sofocante y horrible. Le costaba respirar a
cuenta de eso, y de algunas otras cosas.
-¡Espera!-
Se giró, aunque sabía que era él.- ¿Cómo podré encontrarte?
-No
necesitas encontrarme.
-Venga,
no seas así. Te acompaño a casa.
No
dijo nada, simplemente echó andar con Mike pisándole los talones y
dejando atrás los dos cafés que no habían sido ni probados.
~
# ~
Su
apartamento no era demasiado grande, solo uno normal de Nueva York.
Tenía una cocina pequeña de tonos marrones, un baño con azulejos
azules y adornos florales, una habitación en tonos rosa y un salón
con las paredes pintadas de amarillo.
Le
gustaba quedarse mirando la televisión durante horas, mientras
pensaba en una enfermedad de algún paciente o algo parecido. Ese día
estaba sentada en el sofá blanco roto del salón con la televisión
apagada y un café cargado y recién echo en su máquina “Nespresso”
en la mano.
Seguía
mirando la televisión fijamente cuando tomó un sorbo de su café
negro. Se lleno el labio superior de espuma que se limpió con la
muñeca desnuda.
Ya
eran casi las siete de la tarde. No había cenado, no tenía hambre.
Hacía
más de dos horas que se había encontrado con Mike, y que le había
salvado la vida.
No,
no podía pensar en Mike, tenía que pensar en como suicidarse sin
hacer daño a nadie, pero no podía olvidar sus tiernos ojos verdes.
Cogió
un lápiz y un papel y empezó a escribir sus ideas.
~
# ~
Necesitaba saber de ella, si estaba bien, si necesitaba algo. Sabía donde vivía pero no se atrevía a ir. ¿Y si no quería que estuviera en su casa? Había muchas posibilidades de que
no quisiera verle.
Arrugó el papel en el que estaba trabajando con las manos y lo tiró a la papelera. Todas sus ideas tiradas por la borda.
"Es una estupidez pensar en ella" se decía una y otra vez. Aunque él no tuviera culpa de pensar en ella, se sentía mal consigo mismo. ¿Cómo podía estar tan pendiente a una mujer que ni siquiera conocía.
-Maldita
sea- susurró mientras se dejaba caer en el sofá.
Su
casa era más bien grande, de colores tristes pero elegante.
En
ese momento sonó el teléfono, sobresaltando a Mike. Mandando una
maldición de nuevo al aire, lo descolgó y se lo llevó al oído.
-¿Mike?-
No reconoció la voz, cosa que le extrañó.
-Sí,
¿quién es?
-¿Cómo
que quien soy? ¿No te acuerdas de mi?
Y
entonces fue cuando lo recordó, recordó los momentos que había
pasado, la recordó a ella. El corazón le dio un vuelco y la
ansiedad lo azotó por completo, dejándolo en el suelo, respirando
con intermitencias y con mucho pesar.
-¿Mike?-
se oyó al otro lado del teléfono pero él ya no la oía, él estaba
en plena crisis de asma y se asfixiaba poco a poco.
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