miércoles, 3 de octubre de 2012

Capítulo 1, primera parte.~


La muerte era muy caprichosa con ella, y con todo el mundo, pero especialmente con ella. Cuando por fin podía tenerla con la facilidad de una hoja al caer de un árbol en otoño, cuando ella iba a dejar de luchar, le mandó a ese chico más o menos de su edad que la había “salvado” de morir atropellada.

-¿Estás bien?- le preguntó. Sus manos grandes pero suaves le agarraron los hombros. Sus ojos verdes la miraban, y su pelo resuelto y castaño claro goteaban de sudor frío. -¿Me escuchas?

-Sí, estoy bien.- También se fijó en la forma de su cara, ovalada y de rasgos finos, además de guapo.

-¡Te has tirado a la carretera! Gracias a dios que me encontraba corriendo por aquí. ¿En qué pensabas?

-En morir decentemente- dijo sincera. Estaba como en trance, tenía la mirada perdida y hablaba muy lento y bajo.

-¿¡Estás loca!?- La gente empezaba a rodearlos mientras él hablaba. -Salgamos de aquí antes de que todos empiecen a preguntar. ¿Quieres tomarte algo?

No esperó a que contestara. Ella, aun en trance, siguió sus pasos cogida de su mano. La sentía cálida, y por un momento tuvo la sensación de que la muerte se asomaba de entre las sombras y le hacía burlas.

~ # ~

La cafetería era pequeña pero acogedora, el típico Starbucks que hay en cada calle de Nueva York. Tres únicos camareros atendían las mesas dentro y fuera del local.

Ellos se sentaron dentro, donde el aire acondicionado estaba muy fuerte, tan fuerte, que a ella le agrietaba los labios.

-Bueno, ¿cómo te llamas? Es lo primero que se pregunta, ¿no?

-Soy Amy, Amy Lauther. Gracias por salvarme la vida.- Se recogió el pelo rubio que tenía en la cara detrás de la oreja.

-Yo soy Michael, Michael Stalh, pero me llaman Mike. Tranquila, eso no es importante.- Le sonrió tiernamente, intentando que se alegrara un poco.

-Encantada. Para mi sí es importante, maldita sea.- Se llevó las manos a la cara, temblando de miedo y furia a la vez.

-Amy, ¿qué te ocurre? Estás temblando.- Se puso tenso, pero después acercó su mano a la de ella.

-¡Estoy bien!- Se apartó de su caricia y se levantó dispuesta a marcharse de allí cuanto antes.

-No, no te vayas. Tomemos algo.

Se sentó temblando aún, cuando, uno de los tres camareros, rubio, de uno setenta aproximadamente y poco menor que ella les atendió con un gracioso acento.

-¿Qué desean los señores?

-Yo quiero un café con leche, por favor - dijo con educación Mike. La miró dando paso a su petición.

-Uno solo.

El camarero se fue sonriente y desapareció por la puerta de servicio.

-¿Estás más tranquila?- Al ver que asentía, siguió hablando.- ¿En qué trabajas?

-Soy médico. Trabajo en el hospital de en frente.

-¡Qué interesante! Y, ¿por qué te has arrojado a la carretera, sin más?- soltó de forma brusca.

Sus miradas se encontraron. Mike, al ver sus ojos azules e hinchados a causa de las lágrimas se inquietó.

El camarero apareció de nuevo con los dos cafés, cosa que Amy agradeció por tener más tiempo para pensar una respuesta adecuada a esa dolorosa pregunta.

En cambio, Mike estaba sorprendido por aquella muchacha que se había tirado a la carretera momentos antes. Le resultaba, además, muy bella. Tenía el pelo largo y rubio, los ojos de un azul cielo precioso y sus rasgos eran perfectos.

Al ver que la miraba, Amy bajó la cabeza. Sí, era muy guapo, y le había salvado la vida, pero no podía encariñarse con nadie. Necesitaba buscar la forma en que la única que sufriera fuera ella y solo ella. Eso es en lo único que podía pensar.

-¿Cuántos años tienes? Pareces joven para ser médico.- La miró y vio pánico en sus ojos azules.

-Tengo veintiséis. Terminé la carrera hace dos años, y al poco tiempo empecé a trabajar.- Se le notaba que tenía ganas de salir de allí cuanto antes.

-Yo tengo veintisiete. Trabajo en un observatorio, es decir, me dedico a mirar las estrellas.

A pesar de todo lo que sentía en su mente y en su cuerpo, de la mezcla de sensaciones, eso le llamó la atención.

Cuando era pequeña, solía quedarse en medio del campo observando las estrellas con su padre. Desde su casa se veían bien, pero preferían irse a otro sitio, un poco más alejado, con menos luces. Un sitio que se convirtió con el paso del tiempo en su sitio. Allí eran felices.

También su padre le enseñaba las estrellas y las constelaciones. Lo más importante: la osa mayor, la osa menor, la estrella polar…

Un dolor le pellizcó el estómago, lo que la advertía que tenía que salir de allí, un dolor que era más psicológico que corporal.

-Me voy- dijo levantándose rápidamente de la silla. Cogió su bolso y salió del local apresuradamente.

Aun hacía mucho calor, sofocante y horrible. Le costaba respirar a cuenta de eso, y de algunas otras cosas.

-¡Espera!- Se giró, aunque sabía que era él.- ¿Cómo podré encontrarte?

-No necesitas encontrarme.

-Venga, no seas así. Te acompaño a casa.

No dijo nada, simplemente echó andar con Mike pisándole los talones y dejando atrás los dos cafés que no habían sido ni probados.

~ # ~

Su apartamento no era demasiado grande, solo uno normal de Nueva York. 
Tenía una cocina pequeña de tonos marrones, un baño con azulejos azules y adornos florales, una habitación en tonos rosa y un salón con las paredes pintadas de amarillo.

Le gustaba quedarse mirando la televisión durante horas, mientras pensaba en una enfermedad de algún paciente o algo parecido. Ese día estaba sentada en el sofá blanco roto del salón con la televisión apagada y un café cargado y recién echo en su máquina “Nespresso” en la mano.

Seguía mirando la televisión fijamente cuando tomó un sorbo de su café negro. Se lleno el labio superior de espuma que se limpió con la muñeca desnuda.

Ya eran casi las siete de la tarde. No había cenado, no tenía hambre.

Hacía más de dos horas que se había encontrado con Mike, y que le había salvado la vida.

No, no podía pensar en Mike, tenía que pensar en como suicidarse sin hacer daño a nadie, pero no podía olvidar sus tiernos ojos verdes.
Cogió un lápiz y un papel y empezó a escribir sus ideas.


~ # ~

Necesitaba saber de ella, si estaba bien, si necesitaba algo. Sabía donde vivía pero no se atrevía a ir. ¿Y si no quería que estuviera en su casa? Había muchas posibilidades de que no quisiera verle.

Arrugó el papel en el que estaba trabajando con las manos y lo tiró a la papelera. Todas sus ideas tiradas por la borda.

"Es una estupidez pensar en ella" se decía una y otra vez. Aunque él no tuviera culpa de pensar en ella, se sentía mal consigo mismo. ¿Cómo podía estar tan pendiente a una mujer que ni siquiera conocía.

-Maldita sea- susurró mientras se dejaba caer en el sofá.

Su casa era más bien grande, de colores tristes pero elegante.

En ese momento sonó el teléfono, sobresaltando a Mike. Mandando una maldición de nuevo al aire, lo descolgó y se lo llevó al oído.

-¿Mike?- No reconoció la voz, cosa que le extrañó.

-Sí, ¿quién es?

-¿Cómo que quien soy? ¿No te acuerdas de mi?

Y entonces fue cuando lo recordó, recordó los momentos que había pasado, la recordó a ella. El corazón le dio un vuelco y la ansiedad lo azotó por completo, dejándolo en el suelo, respirando con intermitencias y con mucho pesar.

-¿Mike?- se oyó al otro lado del teléfono pero él ya no la oía, él estaba en plena crisis de asma y se asfixiaba poco a poco.

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